Luisa Huidobro. "Al mal tiempo buena cara. Una historia como otra cualquiera"

Mi nombre es Luisa Huidobro y mi historia es similar a la de muchas personas a las que la vida se lo ha puesto un poco más difícil de lo habitual. Tampoco demasiado. No os vayáis a pensar.

Acepté a ser entrevistada por José Luis para mostrar algunos aspectos de mi persona que, si sirven para animar a aquellos que hayan podido vivir o estén viviendo una situación similar, para mi habrá valido la pena.

Como habréis podido observar los que me conocéis mi vida diaria transcurre sentada en una silla de ruedas. Es un gran invento que me ayuda a desplazarme y a hacer deporte. En ningún caso tengo el sentimiento de hallarme postrada en ella o atada a la misma. Todo depende de la actitud con la que afrontas los acontecimientos. Pero para que tengáis una visión más amplia de quien es Luisa Huidobro en las siguientes lineas os voy a abrir las puertas de mi persona.

Yo nací en Madrid el año en que Juan Carlos de Borbón y Sofia de Grecia contraían matrimonio: 1962. Un año gélido en Barcelona en la que se vivió la gran nevada, y en el que estalló la “Gran Huelga de la Primavera” en la que las mujeres fueron las grandes protagonistas de movilizaciones mediante piquetes para evitar que los mineros accedieran a las minas asturianas.

Vine al mundo en el seno de una familia numerosa de 11 hermanos Y mis primeros años de vida estuvieron marcados por la entrada y salida de hospitales. Lidiando una dura batalla contra la temida poliomelitis que por aquel entonces dejó a más de 2000 personas con parálisis permanente. A mí una de entre ellas.

Nacer en una familia pobre, sin recursos, tiene sus inconvenientes. En mi caso, con 5 años y dada la difícil situación de convivencia familiar y la incapacidad de mi madre para atender a todos sus hijos, especialmente a los que tenían un problema como el mío, fui internada en un colegio de protección de menores en Baeza (Jaén) . Pero no creais que lo manifiesto en tono de queja… No. Aunque he de reconocer que en mis horas bajas y de tanto en tanto, me he preguntado: ¿Por qué? ¿Por qué me ha tenido que pasar a mi? La respuesta ha sido siempre la misma. De hecho no existe otra posible: ¡Nunca lo sabrás Luisa! ¡Te ha tocado! Y ahora, toca seguir adelante. No hay otro camino, ni otra dirección.

Siempre recuerdo, con un cierto sabor agridulce, lo que nos decían las monjas del colegio, porque por supuesto aquel internado era un colegio religioso a la antigua usanza. Ellas siempre nos machacaban con la misma cantarela a mi compañera discapacitada y a mi: “Tenéis que estudiar más que el resto. Tenéis que ser más inteligentes y hábiles que el resto. Porque la vida os lo va a poner especialmente difícil”.

Imaginar lo que podían pensar de ello unas niñas, ya entonces, de 10 y 11 años. “Vaya putada. Por si no fuera poco. Ahora nos exigen el doble que a los demás. Que injusta es la vida”

También recuerdo las horas de “recreo”. Mientras todos jugaban y correteaban en libertad, nosotras estábamos postradas en sendas sillas para que nos diera el aire. Y no nos podíamos mover del asiento por si las moscas. No fuera a ser que cayéramos al suelo y nos hiciéramos daño. ¡Ja! Ni caso. En el momento en que se despistaba la monja, la Luisa había reptado con los codos, como si de una pista americana se tratara, y ya la tenían subida a la barra superior del columpio balanceándose de punta a punta.

Pasaron los años y con 15 años abandoné el internado para volver a casa. Allí duré un par de años, no más. Mi madre ya estaba con otro hombre harta de aguantar las desavenencias de mi padre, sus ausencias y momentos de bebida.

Tras pasar unas navidades con mi hermana en Barcelona, ella me ofreció quedarme para ayudarle a cuidar a su pequeña. Y así lo hice. Entonces empezó una etapa interesante en la que me enganché al movimiento de los radioaficionados. En los años 70 y 80 los radioaficionados éramos una gran familia. Era maravilloso hablar con gente a la que no conocías más que por su voz y su manera de comunicarse al otro lado de las ondas. Era nuestra particular red social de la época. Allí es donde conocí al Angel Miralles la persona con la que iba a compartir mi vida. Otro cojo como yo, repleto de optimismo y capaz de reirse de la vida misma y hacer reir a un muerto.

Todo fue muy rápido, a pesar de mis reticencias a saber nada de los hombres. En dos años ya nos habíamos casado. Al poco tuvimos a Sandra y después vino mi hijo Angel. Dos niños totalmente sanos que se incorporaban a mi nueva familia. Algo que siempre he deseado con todas mis fuerzas. Formar un hogar en armonía ha sido muy importante para mi. Ha sido conseguir lo que yo no tuve de niña.

Por más que nos empeñemos la vida siempre nos pone a prueba. A nosotros, por supuesto. Pero todas las personas en un momento u otro han de hacer frente a adversidades y pruebas durante este breve trayecto en el que estamos en la Tierra. Y como digo yo, al mal tiempo buena cara. De qué sirve amargarse el poco tiempo del que disponemos.

Actualmente y gracias a todos los medios que la sociedad y las ciudades han puesto al alcance de las personas con discapacidad, nuestro día a día es mucho más cómodo. Sant Boi es una gran muestra de ciudad adaptada para nosotros, y de la que me siento muy orgullosa.

Tanto mi marido Angel como yo hemos practicado deporte desde muy jóvenes. La silla no ha sido un impedimento. Primero fue el basquet y ahora el baile deportivo. Lo importante es mantener la cabeza bien alta y echarse al ruedo. He de reconocer que las monjas, algo de razón tenían. Hemos de ser fuertes. Pero voy a hacer una corrección. Hemos de ser fuertes, todos, sin excepción. Nada es fácil. Todo cuesta esfuerzo y dedicación en esta vida. Lo importante es mantener una actitud positiva y alegre. Ser feliz en gran medida depende de nosotros mismos. ¡Y os puedo asegurar que yo soy feliz!


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